El virus del racismo es más mortal que el Covid-19

Por: KAREEM ABDUL-JABBAR

¿Cuál fue su primera reacción al ver el video del policía blanco con una rodilla sobre el cuello de George Floyd, mientras éste gritaba “No puedo respirar”?

Si usted es blanco, probablemente murmuró un horrorizado “Dios mío”, mientras sacudía la cabeza ante la cruel injusticia. Si es negro, posiblemente se haya levantado de un salto maldiciendo, quizá arrojado algún objeto (ciertamente uno siente necesidad de arrojar algo), mientras gritaba: «¡@ # $%! ¡No otra vez!”. Y luego tal vez recordó a los dos justicieros blancos acusados ​​de asesinar a Ahmaud Arbery mientras corría por su vecindario, en febrero pasado, y por el hecho de que si no hubiese sido por ese video que apareció hace unas pocas semanas, se habrían salido con la suya. También cómo esos policías de Minneapolis afirmaron que Floyd se había resistido al arresto, pero el video de una tienda mostró que no era cierto. Además el policía arrodillado sobre el cuello de Floyd no era el estereotipo de un pueblerino enfurecido, sino un oficial matriculado que parecía sentirse con derecho a hacerlo el cual lucía tranquilo y falto de piedad: la encarnación del mal.

Tal vez piense también en esa Karen de Central Park que llamó al 911 alegando que el hombre negro que le había pedido que llevara a su perro con correa la estaba asustando. O en la estudiante de posgrado negra de la Universidad de Yale, que mientras dormía la siesta en la sala común de su dormitorio fue denunciada por otra alumna blanca. Porque uno se da cuenta de que no se trata sólo de un supuesto “criminal negro”, sino de todo el espectro de rostros negros, desde Yonkers hasta Yale.

Uno comienza a preguntarse si todas las personas negras deberían llevar cámaras corporales, en lugar de los policías.

¿Qué ve usted cuando observa a los manifestantes negros enojados, que se agolpan fuera de las estaciones de policía con los puños en alto? Si es blanco, puede pensar: “Ciertamente no cumplen con el distanciamiento social”. Luego advierte las caras negras que saquean Target y entonces reflexiona: “Bueno, eso perjudica su propia causa”. Más tarde ve la estación de policía en llamas y desaprueba: “Esto hace retroceder la causa”.

No está equivocado, pero tampoco está en lo cierto. La comunidad negra está acostumbrada al racismo institucional inherente en la educación, el sistema de justicia y el ámbito laboral. Y a pesar de que hacemos todas las cosas convencionales para aumentar la conciencia pública y política al respecto -escribir piezas eruditas y perspicaces en The Atlantic, explicar la continua devastación en CNN, apoyar a los candidatos que prometen un cambio- la aguja apenas se mueve en pos de un cambio.

Pero el COVID-19 expuso abiertamente las consecuencias de todo ello, dado que los negros morimos a un ritmo significativamente más alto que los blancos, somos los primeros en perder nuestros trabajos y observamos con impotencia cómo los republicanos intentan evitar que votemos. Justo cuando el sórdido punto flaco del racismo institucional queda expuesto, parece que hubiera iniciado la temporada de caza de negros. Si existiera alguna duda, los recientes tuits del presidente Trump confirman el espíritu nacional con el término que empleó para referirse a los manifestantes -“matones”- y su consideración de los saqueadores como blanco justo de las balas.

Sí, las protestas a menudo sirven como excusa para que algunos se aprovechen, al igual que cuando los fanáticos que celebran el campeonato de un equipo deportivo queman autos y destruyen escaparates. No quiero ver tiendas saqueadas ni edificios incendiados. Pero los afroamericanos llevan años viviendo en un edificio en llamas, se ahogan con el humo a medida que el fuego arde cada vez más cerca. El racismo en Estados Unidos es como el polvo en el aire; parece invisible, incluso si uno se está asfixiando, hasta que se deja entrar el sol. Entonces queda claro: está en todas partes. Mientras sigamos poniendo luz allí, tendremos la posibilidad de limpiar ese polvo donde sea que caiga. Pero debemos estar atentos, porque está siempre en el aire.

Entonces, tal vez la principal preocupación de la comunidad negra en este momento no sea si los manifestantes están parados a tres o seis pies de distancia entre sí, o si algunas almas desesperadas roban camisetas o incluso incendian una estación de policía, sino si sus hijos, esposos, hermanos y padres serán asesinados por policías o por justicieros sólo por salir a caminar, a trotar, pasear. O si ser negro significa refugiarse en casa por el resto de sus vidas, porque el virus del racismo que infecta al país es más mortal que el COVID-19.

Lo que se debe ver al observar a esos manifestantes negros en la era de Trump y el coronavirus es a personas llevadas al límite, no porque desean la reapertura de los bares y salones de belleza, sino porque quieren vivir, respirar.

Lo peor de todo es que se espera que justifiquemos nuestra indignación cada vez que el caldero explota. Hace casi 70 años, Langston Hughes preguntó en su poema “Harlem”: «¿Qué sucede cuando el sueño es diferido?/… Tal vez se hunde/como una carga pesada/¿O es que explota?”.

Hace cincuenta años, Marvin Gaye cantó en “Inner City Blues”: “Me dan ganas de gritar/por la forma en que me hacen vivir”. Y hoy, a pesar de los apasionados discursos de líderes bien intencionados, tanto blancos como negros, siguen queriendo silenciar nuestra voz, robarnos el aliento.

Entonces, lo que usted observa en esos manifestantes negros depende de si vive en ese edificio en llamas o si lo está viendo por televisión, con un tazón de papas fritas sobre su regazo, esperando que comience el episodio de “NCIS”.

Lo que yo deseo ver no es una estampida de juicios apresurados, sino una avalancha de justicia.

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