La Llorona

Era una tarde soleada y desde la mañana el cielo había anunciado un clima cálido y apto para realizar diversas actividades fuera de casa.

De la mano de su madre, el pequeño Martín caminaba jugando a no pisar las líneas en el pavimento. Pateaba piedritas e imaginaba que era su camino para encontrar el tesoro perdido de algún pirata, y que al final, encontraría una equis para cavar y conseguirlo.

En una banca del parque, su madre se sentó a hablar por teléfono. La mujer estaba cansada de lo difícil que se había tornado su matrimonio, era una pesadilla que jamás esperó o deseó vivir y por eso esperaba que su amiga del alma pudiera aconsejarla y ayudarle a tomar la mejor decisión para ella y para su hijo.

Martín jugó en el resbaladero, en los columpios, en el sube y baja y con la energía que le quedaba, decidió armar un castillo en el arenero; de grande soñaba con ser arquitecto y construir una bonita casa para su mama.

Entonces, se le acercó un hombre de sombrero gracioso que hacía chistes malos de perritos, le regaló un dulce y le dijo que si lo ayudaba a construir un castillo con bloques de juguetes. A cambio, él le regalaría algo que alegraría mucho a su mamá, tanto, tanto, que la haría derramar lágrimas. Martín sonrió al extraño y tomó su mano, haciéndole prometer que no tardarían para no preocupar a su madre.

Tal y como el desconocido prometió, la mujer lloró por días la desaparición de su amado hijo. Nunca se halló el cuerpo, ni una pista de su paradero y ningún secuestrador llamó a pedir rescate. Esa tarde soleada, Martín se esfumó junto al sol del que sería el último atardecer de calidez para su familia.

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