La magia de Guacavía

En un afán de conocer nuevos caminos de mi bella Colombia, encontré Guacavía. Una tierra hermosa con un clima caluroso difícil de expresar; hermoso Caserío llanero ubicado a la rivera del Rio Guacavía, donde se forman pozos ideales para nadar y pasar tardes completas disfrutando de sus cristalinas aguas en verano y de las tardes soleadas.

Su gente siempre amable y servicial con sus turistas. Caminábamos sobre la vía marginal de la selva, mi rostro inclinado a sus calles tratando de ocultarlo al frenético sol y mi mirada perdida con el afán de buscar algo refrescante. Seguía observando mi sombra que se movía al ritmo de mi humanidad. Mi cuerpo exclamaba, mi fuerza interior me exigía agua, líquido, o una simple Coca-Cola con dos o tres cubos de hielo… nada del otro mundo, solo quería algo para calmar esa agónica sed.

Mi boca tan reseca que tartamudeaba la belleza Plácida de esta hermosa tierra, de pronto como si el viento acudiera a mi desesperación, escuché la voz de una niña, una voz de frescura, como gritando felicidad, una voz que decía, “voy donde la vecina de los helados ricos”. Mi rostro se olvidó del caluroso sol y mi mirada siguió aquella niña.

Mi cuerpo, sonámbulo, acudió a dicho lugar. Una casa en la entrada del pueblo. Paredes blancas, puertas negras y una pancarta extraña. Leer los sabores conocidos que allí describían me causo aún más una frescura, pero al observar la cantidad de sabores desconocidos la magia de la curiosidad me invadió.

“Golpee, siga, grite. Sí hay helados”, al final de esta publicidad dedicada a infinitos sabores, entendí  la alegría  y sencillez de Guacavía y su gente.

Con voz tímida dije…

-Helados de aguacate, jamás había escuchado eso. Helados de sábila, yerbabuena, café, remolacha, lentejas… no creo que los probaré.

Me causó una ligera sensación que eso no saldría bien. Me decidí por uno de coco y me senté a disfrutar este helado en una Plácida sombra de este lugar. Al terminar este helado, mi tiempo lo “perdí”… sí, ese helado robó mi tiempo… lleno de un sabor infinito mi boca, que pedía más y más. Una frescura que te transporta al pasado donde viviste los momentos más felices de tu vida. Los helados de allí robaron mi tiempo, me preguntaba ¿qué tienen?, ¿por qué son tan adictivos?

Después llegó el de maní, queso con bocadillo, y un tal mango biche. Era una locura, mi coeficiente me decía, “el de aguacate, el de sábila”… decisión nada difícil de tomar, pues ya tenía la curiosidad desbordada…

-Vecina…

Una señora de ojos verdes, su cabello recogido con clase y glamorosa, de un amor por lo que hace y la dedicación reflejada en su cara, de esas personas que te dan confianza cuando te brindan algo de comer…

-Vecina… ¿y el de aguacate qué tal?

-Pruébelo- respondió-, le garantizo que volverá a Guacavía las veces que quiera por un helado de aguacate.

Cada 15 días viajo a este hermoso pueblo, llevo amigos y les digo al llegar, -vea helados de aguacate, realmente increíbles-.

Siempre que puedo, cuento que en un lugar de Colombia hacen helados de sabores irreales, adictivos y si no me creen, pasen por allí y tendrán una excusa más para volver donde un viajero moriría feliz.

Jhose Urrego Morera – OPINIÓN

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