¡Prohibido olvidar!

Por: Laura Reyes

El pasado 23 de junio se cumplió un año de un atroz caso. Hace un año, le arrebataron los sueños y el alma a una niña inocente. Hace un año, siete «héroes de la patria» violaron a una niña embera en Risaralda, quitándole todo su ser.

En su entonces, la noticia generó impacto, pero como raro en este pueblo ignorante, se olvidó de la noche a la mañana. El silencio es cómplice y nosotros dejamos en la impunidad a aquella niña.

Los medios y el Gobierno dudaron de ella; María Fernanda Cabal afirmó que su violación era un falso positivo y la Fiscalía llegó a insinuar que se había tratado de una relación consentida.

Ahora, conozcamos bien la historia. La niña salió a buscar frutas para su familia –que la esperaba en su hogar-. Según las versiones conocidas, seis hombres la violaron y uno prestó vigilancia. Lo raro aquí, es que la menor en su declaración afirma que fueron nueve militares. ¿Qué pasa con los otros dos? De ellos nada se sabe y creímos que solo fueron siete. ¿Será que los dos restantes eran superiores? Quién sabe, más si recordamos que en Colombia la gente con poder se lava las manos tan fácilmente, llegando a convertir de nueve hombres a siete, sin que nadie se diera cuenta.

La niña estuvo desaparecida por varias horas; imagínese la angustia y desespero de sus familiares, teniendo en cuenta que su familia ha pasado por desplazamiento forzado, dos muertes y un suicidio. Además de que su tribu ha recibido amenazas y reclutamiento de niños a causa de grupos armados al margen de la ley. Después de la violación, otra tragedia se acumuló a la comunidad indígena.

Los victimarios afirmaron que “ella los empezó a seducir”, argumentando que los actos que realizaron fueron consentidos, mientras que la menor expresó lo siguiente: «Por la mañana desaparecí de la casa, me fui a la escuela a coger guayabas. A las 6:00 de la tarde el comandante me dijo que me fuera para la casa. Yo ya iba para la casa y un soldado me llamó, empezó a decirme cosas, a tocarme». Luego de la primera violación, se presentaron los demás soldados. «Al ratico llegaron los otros soldados… eran nueve personas, todos tenían uniforme de soldado. Yo solo pude verle la cara a tres de ellos, como era oscuro, no veía muy bien. Cuando acababa uno, seguía el otro. Todos los nueve lo hicieron. Uno de ellos me tapó la boca para que no gritara, ellos me decían que no le dijera a nadie, que eso era un secreto».

Después de este desgarrador testimonio, diferentes estudios e investigaciones, los soldados aceptaron que cometieron actos de acceso carnal violento.

El presidente Duque mencionó: «si nos toca inaugurar la cadena perpetua con los soldados, lo haremos», proyecto de ley que tuvo aprobación el pasado 16 de junio y que no cobija a los violadores ya condenados, pues la única justicia que se dio ante este caso fue la pena máxima de 20 años a los siete militares, por delito de abuso sexual y secuestro.

Tras todo este resumen, ¿qué se sabe de ella hoy en día?

La menor ha intentado irse del sitio donde reside. El 31 de mayo de este año, fue dada como desaparecida siendo ubicada días después. Al irse contra su propia voluntad, se puede ver que tiene serios padecimientos mentales; la ayuda psicológica que debía tener, ha sido escaza. Dentro de esto se puede ver cómo la niña no quiere acceder a tener docentes hombres por el temor generado tras la violación. Lo que más duele y más ira causa, es que ella sienta vergüenza y tenga pena de lo que pasó, se siente juzgada con su alrededor. Los que deberían sentir vergüenza son aquellos que abusaron de ella.

A la familia se le prometieron garantías como acceso a la educación de la niña, ayudas económicas, planes de vivienda y apoyo psicológico, la historia queda ahí porque no recibieron ningún acompañamiento y tuvieron que regresar a su resguardo viviendo en pésimas condiciones.

Los soldados no fueron los únicos que se aprovecharon de la menor, pues en todo sentido ella ha sido violentada, principalmente por el Gobierno con su poco presencia y su olvido, desde el no acceso a la salud y a la educación, también al no proveer un trato igualitario sin importar su condición sociocultural. Aquí nosotros también somos participes, porque la hemos violentado, al igual que a su comunidad, desde la discriminación y el rechazo, porque recordemos que el racismo no solo es de los ‘gringos’, nosotros a diario lo estamos poniendo en práctica desde un prejuicio que lleva a una exclusión social.

La violencia empieza desde la vulneración de los derechos fundamentales y el olvido que esta comunidad ha tenido. No seamos indiferentes ante un abuso, porque se ha normalizado la insensibilización, ya que los casos de violencia son sistemáticos y “no nos concierne”, porque a partir de la apatía y la indolencia es que esa Violencia con V mayúscula se mantiene.

No la olvidemos a ella, no olvidemos a la etnia embera chami, mucho menos olvidemos estos nombres:

Juan Camilo Morales Povea, Yaír Stiven González, José Luis Holguín Pérez, Juan David Guaidía Ruiz, Óscar Eduardo Gil Alzate, Deyson Andrés Isaza Zapata y Luis Fernando Mangareth Hernández.

A ellos le quitaron 20 años de su vida, pero a la menor le quitaron su tranquilidad y su niñez dejándole una cicatriz en su ser.

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