Masacre ‘sin marketing’

Cuando se habla de que en Colombia hay Derechos Humanos con mayor valor para unas personas que para otras, tal vez el episodio del asesinato de la comisión de la Unidad de Restitución de Tierras en el Meta lo puede ejemplificar de manera clara.

Sin marchas, sin velatones, sin programas enteros de televisión dedicados a ellos, sin el pronunciamiento de ONG internacionales, sin siquiera palabras de lucha de las asociaciones feministas (tres de las cuatro víctimas fueron mujeres), y con tibios pronunciamientos del Gobierno Nacional, los familiares de los muertos de esta masacre vieron pasar la primera semana de su profundo dolor.

No eran grandes personajes nacionales, tampoco pertenecían a jerarquías dominantes, no eran de la oposición ni del oficialismo, ni tampoco manejaban millonarios recursos económicos. Karen, Jhoan, Yadmil y Sandra eran personas tan comunes, trabajadores tan sencillos, tan colombianos de a pie, que ser secuestrados, desaparecidos, acribillados y luego hallados en una fosa común, no dio para una movilización masiva o al menos una tendencia en redes sociales.

Fueron más de 42 días de incertidumbre en que nadie presionó, más allá de sus compañeros de trabajo y un cartel ofreciendo recompensas.

El ruido del país por aquellos días nos obligó a mirar otros temas. Tal vez porque Karen, Jhoan, Yadmil y Sandra no estaban en manifestaciones rompiendo vidrios, tampoco de paseo o haciendo videos en Instagram. Era un grupo de personas que justamente trataba de darle coherencia a la sinrazón violenta en la que nos hemos enfrascado, buscando para las víctimas del conflicto restituir un pedazo de tierra perdido en medio de la guerra.

Sí, por esos días, mientras algunos se mataban en las calles de las ciudades, deslegitimaban protestas bloqueando vías o proyectaban cómo sacar votos en las próximas elecciones, un grupo de personas corrientes buscaba hacer la paz de una manera silenciosa en una trocha de Mesetas, pero hasta allá fue a buscarlos la muerte.

Ahora, el mejor pronunciamiento, la mejor palabra de aliento que puede haber es que la Fiscalía y las demás autoridades anuncien la captura y el esclarecimiento de lo que pasó ese 27 de mayo.

Y como canta Pablo Milanés que “la vida no vale nada si no es para perecer, porque otros puedan tener lo que uno disfruta y ama” y que “la vida no vale nada si escucho un grito mortal, y no es capaz de tocar mi corazón que se apaga”, pues con el desprecio absoluto por la existencia que unos ufanan tener, tal vez se puede decir que a esta “masacre le faltó marketing”.

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